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Copa de España |
Suena a eso, a condena: cuatro años y un día hace ya de aquel título que rompió décadas de sequía de títulos nacionales.
Pero llegó aquel 23 de junio de 2007, y las piernas largas, cual mantis religiosa de nuestro, nuestrísimo Kanouté, recogían un rebote en el centro del campo del Bernabeu, cerquita de la banda de Antonio Puerta, e iniciaba su periplo interminable hacia el fin de un ciclo sin que el Sevilla Fútbol Club levantara la Copa de España.
Paso a paso, cortando el viento con el pasmoso portento de su figura sobre el tapiz de la Capital de España, hasta donde se desplazaron más de ochenta mil sevillistas en busca de esta sentencia que quieren seguir cumpliendo, ya sea en los penales España o los penales de Europa, donde previamente ya conoció el delito que desea cumplir a perpetuidad, por más que algunos quisieran indultarle para no verle más sufriendo semejante pena.
Allá que se fue Kanouté, levitando sus pasos sobre cada brizna de hierba que dejaba atrás; dejándose acariciar por el viento que venía mecido al compas de cánticos que hablaban de lenguas antiguas, de familias rojiblancas; describiendo en su progresión sobre el campo cómo se escriben nuevas páginas de la historia del SFC a la que él mismo volvería a poner la rúbrica.
Pareció no haber sobre el Planeta más figura que la de nuestro Kanouté, enorme, erguido, dirigiendo con su mirada la trayectoria que milésima a milésima debía seguir el esférico, que soñaba su unión con unas redes ávidas de abrazar el regalo que le enviaba nuestro malí. Estaba escrito.
Bendita condena en semejante escena del delito. El delincuente sigue en casa, sus complices también.
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